¡NO TEMÁIS DAR VUESTRO TIEMPO A CRISTO!

Recordando el solemne y emotivo llamamiento dirigido el 22 de octubre de 1978 en la plaza de san Pedro, al iniciar solemnemente su pontificado: "¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!", Juan Pablo II invita con fuerza a todos "a descubrir de nuevo el domingo". Y lo hace con las palabras que recuerdan aquel día 22 de octubre: "¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo!", Cristo Jesús, Señor del tiempo y de la historia, tiene todo el derecho a que le abramos nuestro tiempo, para que él lo pueda iluminar y dirigir. Es hermosa esta invitación del Papa, a la hora de pasar a reflexionar, en cinco capítulos, sobre "las motivaciones doctrinales profundas" que hacen actual y necesaria una nueva profundización del domingo cristiano. Y así, como una filigrana, el Papa va desarrollando, con lenguaje bíblico, teológico, pero accesible para todo el que se acerca al documento con interés y buena voluntad, todas estas motivaciones.  

En el primer capítulo habla del Día del Señor, día en que los cristianos queremos celebrar de manera especial la "obra del Creador". Todo el capítulo podría definirse casi como un nuevo "cántico de las criaturas", escrito además con un buen estilo no sólo bíblico, sino también poético.

Contrariamente a cuanto apareció en algunos medios de comunicación, el discurso del Santo Padre sobre el domingo cristiano y sobre el domingo en general refleja la "luz positiva sobre cada elemento del universo", característica de la narración de los primeros capítulos del Génesis. Todo el capítulo es una invitación insistente a disfrutar de las obras de Dios, a participar y compartir el mismo gozo de Dios cuando pudo constatar que todo lo que había creado "era muy bueno". Esta es, en efecto, la tónica dominante en el primer capítulo de la carta apostólica: invitación a la alegría, al descanso, a la contemplación gozosa y admirada de la obra de Dios.

El Papa subraya cómo en el "gozoso descanso del Creador", el día séptimo, en la economía de la primera Alianza, encontramos una preparación y preludio del domingo, de la nueva y eterna Alianza. Todo ello, es decir, ambas Alianza, están incluidas permanentemente "en la profundidad del designio de Dios"( cf Dies Domini, n. 13).

Desde la celebración del sábado judío, día memorial lleno de agradecimiento y alabanza a Dios por las maravillas realizadas en la creación y en la historia del pueblo elegido, resulta espontáneo el salto al domingo, "el primer día de la semana", el día después del sábado, el día en que tuvo lugar la maravilla de las maravillas de Dios: la resurrección del Señor Jesús.

Del Día del Señor, se pasa así, en el segundo capítulo, al Día de Cristo. Todo lo que se ha dicho en relación al primer capítulo de la carta no es sino preludio y preparación para este segundo capítulo, en el que Juan Pablo II entra en el verdadero meollo y núcleo del contenido teológico-litúrgico del domingo.

El Papa comienza citando a Inocencio I, papa que vivió en el siglo V; este da testimonio de una práctica consolidada ya a partir de los primeros años después de la resurrección, en la historia de la Iglesia: "Celebramos el domingo por la venerable resurrección de nuestro Señor Jesucristo, no sólo en Pascua, sino cada semana". La idea central de este capítulo, como por otra parte la clave para la comprensión del domingo cristiano, no es otra sino la resurrección del Señor Jesús, "el acontecimiento pascual del que brota la salvación del mundo". Es así como el domingo, el primer día de la semana, testigo de las apariciones del Maestro resucitado, ya desde muy pronto en la vida de la Iglesia, "comenzó a marcar el ritmo mismo de la vida de los discípulos de Cristo"( cf Dies Domini, n. 19).

Ya no se trata sólo de un "descanso" en el que celebramos la obra del Creador, imitando su "descanso en el día séptimo" (el domingo no fue día de descanso hasta el siglo IV después de Cristo). Se quiere afirmar y se afirma claramente que el domingo "no es el sábado cristianizado", sino que posee una novedad fuerte y única. Dice el Papa: "A la luz de los textos (cf Lc 24,27. 44-47), la celebración del día de la resurrección asumía un valor doctrinal y simbólico capaz de expresar toda la novedad del misterio cristiano"( cf Dies Domini, n. 22).

El domingo, "día de Cristo", "día de la Luz", es también "el día del don del Espíritu Santo", y por consiguiente, comenta Juan Pablo II, "día del fuego". Efectivamente, el primer don del Resucitado a sus discípulos la tarde de la Pascua, junto con la paz, fue precisamente la comunicación del Espíritu Santo: "Recibid el Espíritu Santo". Y "era también domingo cuando, cincuenta días después de la resurrección, el Espíritu, como viento impetuoso y fuego (cf Hch 2,2-3), descendió con fuerza sobre los apóstoles reunidos con María... La Pascua de la semana se convierte así como en el Pentecostés de la semana, donde los cristianos reviven la experiencia gozosa de los apóstoles con el Resucitado, dejándose vivificar por el soplo del Espíritu" ( cf Dies Domini, n. 28).  

El capítulo segundo de la carta apostólica, capítulo central, concluye con el número 30, que lleva un título importante, casi imperativo y, desde luego, coherente con todo el desarrollo de este capítulo y del anterior: "¡Un día irrenunciable!". El adjetivo es muy claro y no necesita ningún comentario. Parte de todo lo que el Papa ha dicho en su carta hasta este punto, y termina con una afirmación digna de ser subrayada: "A las puertas del tercer milenio, la celebración del domingo cristiano, por los significados que evoca y las dimensiones que implica en relación con los fundamentos mismos de la fe, continua siendo un elemento característico de la identidad cristiana".