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No me
mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido; ni
me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú
me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y
escarnecido; muéveme el ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus
afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara, y, que aunque no
hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera; pues,
aunque cuanto espero no esperara; lo mismo que te quiero te
quisiera. Amén.
Fray
Miguel de
Guevara |